bebí hasta embriagarme
del fuego que se extingue
al rozar tu piel,
al izar tus sentimientos
como un estandarte
de poder mortal.
Sin embargo,
yo podía respirar en vos
y ahora me asfixio
en tus quejas de perfección
que no puedo alcanzar.
Y aun así,
me encuentro santificado
por los milagros
de encontrarte,
tenerte y soportarte,
y merezco tu crucifixión.
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